EL ÚLTIMO TURQUITO
RESEÑA CRÍTICA
Bueno en lo personal me gusto mucho esta
lectura, me hiso reflexionar bastante, no es
una lectura más donde el día de mañana se me va a olvidar, bueno en
principio comenzare hablándoles de lo
que me evocó cuando empecé la lectura,
donde narraba una mañana común y corriente en el estado de Chiapas, me pareció
que se narraba un paraíso, donde todos los animalitos podían nacer, crecer,
reproducirse y morir sin ningún impedimento hasta que llego la apeste, como
siempre el hombre tuvo que llegar a arruinar todo lo que encuentra a su paso,
así como el hábitat de los animalitos , los grandes bosques que gracias a ellos
es que nuestra especie todavía vive, sin la realización de la fotosíntesis
ningún hombre podría vivir en este planeta TIERRA, el hombre creyéndose el amo
de la naturaleza, llega armado de un hacha, una moto cierra y con una gran
ambición, con los ojos llenos de ignorancia y con afán de hacerse más rico,
tala arboles desmedidamente dejando los grandes bosques ya desiertos donde ya
ninguna criatura puede subsistir ahí.
Me dio
mucha impotencia leer esto y no poder hacer nada con las personas que día a día
talan miles de millones de árboles y sin ningún remordimiento, lo que podríamos
hacer todos como ciudadanos para frenar esto, como las talas clandestinas es: denunciar
cuando veamos que se está dañando al medio ambiente y terminando con un
ecosistema, otra acción seria que nosotros ya no consumiéramos sus productos,
lo que sean hechos de madera y no comprarles ningún tipo de animal y mucho
menos si está en peligro de extinción, puesto que si no compramos no tendrán a
quien venderles y tendrán que dedicarse a otras cosas, otra acción que
podríamos tomar es concientizar a los campesinos diciéndoles el daño que
causamos cuando talamos gran numero de arboles, y decirles que por cada árbol
que talen se deben de sembrar dos nuevos
arbolitos y así no habrá problema si llegan a talar alguno, puesto que ellos
también necesitan su leña para sus
necesidades. Creo que otra manera de ayudar seria reutilizando, reciclando las
hojas de papel y el plástico, llevarlo a
un centro de acopio donde ellos se encargan de darle un proceso para no
contaminar y volver a utilizarlo sin necesidad de acabar con la materia prima,
creo que si todos tomáramos conciencia e hiciéramos algo por mínimo que sea se
darían grandes resultados, porque ya no sería uno sino todos que luchamos por un bien en común, que no solo es
para nosotros sino para generaciones futuras.
RESUMEN
El
último Turquito.
Por
Miguel Álvarez del Toro.
El lugar donde
se desarrolla esta historia es una de tantas y tantas heridas por donde Chiapas
exhibe su caliza; donde manos irresponsables han quitado la exuberante
cabellera que formaba el bosque, dejando mondo el cráneo de la roca; donde se
ha levantado una raquítica cosecha de maíz a cambio de quemar una fortuna;
donde en minutos la ceniza ha reemplazado a la fibra vegetal que tardo siglos y
milenios en formarse; donde la hecatombe empezó cuando un bípedo,
insignificante ante la grandiosidad de la Naturaleza pero creyéndose su amo, llego armado de un
hacha y gran ambición, tapados los ojos por la ignorancia, sellados los oídos
por el tintinear del dinero.
Aguas
limpias, saltando sobre las piedras y formando cristalinas pozas, corren por el
fondo de un pequeño barranco, arrullando con su murmullo a los turipaches que
esperan el sol sobre una roca, verde por tanto musgo que la cubre y húmeda por
el salpicar del agua.
Las campánulas azules, blancas y rosadas abren sus
corolas al fresco de la mañana, dando colorido al verde oscuro del follaje y
permitiendo la entrada a las primeras abejas silvestres que afanosas buscan el
perfumado polen; de vez en cuando aparece un abejorro de abigarrada pelambre.
Por el cayado de un helecho arbóreo trepa muy lentamente una pequeña serpiente
de moteado color y siniestros ojillos, es la muerte que acecha la distracción
de algún incauto pajarillo y es observada con temor por un lagarto verde que
reposa sobre una ancha hoja.
Entre un oscuro bejucal se dispone a dormir su día
una pareja de tecolotes de albos cuernecillos y rojizas caras, sus ojos
entornados observan discretamente a un grupo de cucayos que pegados al
carcomido tronco también pasarán el día, apagados sus minúsculos faros de fría
luminosidad.
En un arbolillo de mediana altura y racimos de
maduras frutillas, danzan su cortejo amoroso varios turquitos de plumaje negro
y rojiza cabeza, de patas amarillas y ojos blancos. Las hembras de verdoso
ropaje observan, ya interesadas, ya indiferentes, lo complicados saltos y
volteretas de los rechonchos cuerpecillos de los machos ocupados en tan ritual
competencia. Van y vienen, saltan y
chillan, revolotean a veces. Cuando un grupo se cansa toma su turno como
espectador y a su vez contempla a los danzantes o mira con gozo el verde
panorama de verdes laderas. De vez en cuando la asamblea se disuelve y durante
largos minutos los pajarillos devoran glotones las jugosas frutillas, luego retornan
a la danza amorosa. Son, ni más ni menos,
una parte del conjunto armónico de la Naturaleza.
Mas una mañana, igual como la descrita se escucha un
sonido nuevo. Un ruido nunca antes escuchado y que paraliza momentáneamente a
las criaturas del bosque. Es un sonido sordo, acompasado por un “tac” ominoso.
Es la barbarie que llega con disfraz de progreso, con pretexto de necesidad. Es
el desierto que en hombros de los bípedos humanos toca a las puertas del
bosque.
El primer
gigante, que imposibilitado para
escapar sintió cómo le cortaban sus ataduras a la madre tierra, se viene al
suelo, inútilmente arañando con sus ramas a los vecinos en un desesperado afán
por sostenerse. Así gimiendo y aplastando hace
retumbar el suelo con su peso, asombrado de aquellos minúsculos seres
que le han cortado su tronco; aquellos seres que hace apenas unos días alimentó
con sus frutos, que hace unos días protegió con su sombra deteniendo los
ardientes rayos del sol.
Creen que el daño a su intimidad fue sólo esa cinta
talada y el paso de esos peligrosos seres; esos seres que se detienen de cuando
en cuando para dar muerte innecesaria a
los incautos animalillos que inconscientemente se atreven a salir a la orilla
del camino. Pero muy pronto salen de su error, esa cinta desnuda es sólo el
prólogo, el epílogo trágico viene unos pasos atrás.
Los seres arrogantes tan insulsos que en sus
creencias dicen que todo en la Naturaleza fue hecho para servirlos, ya no tan
sólo pasan de largo.
Es la evolución que la Naturaleza perfeccionó para
suicidarse. Son los ilusos que se creyeron reyes de la creación y destrozando,
corren vertiginosamente hacia su propia destrucción. Pasa un año pasan dos. Los
habitantes móviles del monte pretendieron huir, inútilmente, al norte, al
oriente, al poniente, al sur; sólo encontraron desolación, ya el humano había
pasado por ahí. Los vegetales, anclados a la tierra, incapaces de huir,
tuvieron que esperar aterrados hasta que esos seres destructores, incapaces de
escuchar los alaridos de terror vegetal, los gemidos de los gigantes milenarios
desangrados en el suelo, llegaron machete y hacha en mano derribando y
derribando, luego quemando y quemando.
En
lo alto de un pináculo rocoso, tan escarpado que el hachero no pudo escalar,
pero hasta donde si llegaron las terribles llamas, sobreviven apenas unos
cuantos arbustos achicharrados a cuya
raquítica sombra se refugia un pajarito triste, de raído plumaje negro y
cabeza roja. Sus ojos de iris blanco miran incrédulos aquella desolación y sus
persistentes silbidos desesperados son una maldición para los hombres que no
supieron coexistir, que no supieron tomar sin destrozar y que mañana ellos
mismos estarán en la misma condición que el turquito.
Los gritillos del turquito persisten, el pajarillo
no quiere creer que ya nadie contestará su llamado. Una de las pocas criaturas
silvestres que pueden adaptarse a vivir junto con el caos del hombre. El
turquito suspende unos momentos sus angustiosos llamados para buscar una de las
pocas frutillas chamuscadas, ¡mas hace poco comió la última! Además del hambre
lo atormenta la sed, el arroyo hace tiempo está seco; los gritillos del turquito se escuchan
nuevamente, pero ya no son iguales a los de su especie, ya no es canto de amor,
ya no es canto de alegría, es lamento de desesperación. El pico abierto porque
las desnudas ramas ya no proporcionan sombra alguna que lo proteja del sol; los
músculos de la laringe débiles ya por la falta de frutillas jugosas. Apenas
puede volar y saltando llega a la ramita
más alta. No es posible que por ninguna parte se escuchen cantos o gritos de
sus congéneres, no comprende que uno a uno fuerón cayendo a tierra, que él, más
fuerte, sobrevivió hasta lo posible.
El turquito descubre algo blanco que se abre paso
entre las ondas de calor.
Es un chamaco que bañado de sudor sube la loma,
camino del lugar donde, allá lejos, sigue la tumba de otro trozo de monte;
tiene el rostro enrojecido y la desesperación por tanto calor quiere invadirlo.
Por un momento ¡que ironía! Se agacha en la escasa sombra que proporciona el
chamuscado tronco de un chinine, el mismo que hacía tiempo le proporcionó
grasosa fruta para saciar su hambre, cuando aún estaban en la tarea de asesinar
árbol tras árbol, él, su padre y su tío.
El chamaco campesino sigue su camino por el árido paisaje,
la vereda sube hasta el pináculo rocoso y en la punta de un arbustillo
secarrón, el chamaco descubre un pajarillo que parece muy manso por estar
desfallecido. Es un pajarillo negro y rojo, con sus blancos ojos entornados y
el piquito abierto por la sofocación. Olvida un momento su cansancio y rápido
saca la fatal resortera. Zumba una piedra que golpea un cuerpecillo casi muerto
de sol, de hambre y sed. Como si tal cosa, el chamaco ni se digna dar una
segunda mirada a su inocente víctima y calcinado por el ardiente sol apenas si
recuerda la belleza de este lugar, cuando recién llego acompañado de su padre
en los comienzos de la rosa. Apenas los dulces chicizapotes que comiera y hasta
reconoce los árboles al ver sus troncos negros, derribados, llenos de polilla,
la mitad convertidos en ceniza.
Sobre una roca áspera, moviéndole las plumillas el
caliente aire, está el inmóvil cuerpecillo rechoncho del último turquito. Es la
mano del hombre que ha pasado por aquí. Es la civilización que ya llegó por
acá.
No esta el artículo ni tu opinión.
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